Juana la Desventurada -llamada "Juana la Terrible" por su marido-, pero conocida por todos como "Juana la Loca" (1479-1555), pasará a la historia en vuelta en leyenda y chistes fáciles; pero el drama apasionado de esta mujer singular la lleva al cautiverio la mayor parte de su vida. Reina propietaria de Castilla desde 1504, su propio padre la recluyó en el palacio de Tordesillas en febrero de 1509 en donde vivió el resto de sus días. Si bien no fue privada de sus títulos reales, fue apartada del ejercicio del poder al que como soberana tenía derecho.
Juana representa el drama humano en uno de los personajes más conmovedores y populares de España. Y no porque haya realizado alguna gesta importante, sino por su incapacidad de asumir el alto protagonismo a que estaba destinada.
La causa es doble: las excentricidades de unos celos matrimoniales que se acentúan con la muerte de su marido, a quien tanto amaba. Y, también, ser víctima del poder de los que ansiaban regir la Monarquía más poderosa de su tiempo, la España del siglo XVI.
Y así fue convertida en una «reina de papel» durante más de medio siglo: por su propio marido, Felipe el Hermoso; por su padre, Fernando el Católico, quien la recluye, y por su hijo, Carlos V, quien la mantiene retirada y prisionera.
Los hombres del Quinientos, por su mentalidad mágica y supersticiosa se preguntaban si Juana de Castilla se hallaba endemoniada. Y la misma reina se quejaba de que “las dueñas que le servían no eran sino brujas que continuamente la mortificaban”.
¿Qué le ocurría de verdad? Una profunda depresión mal curada por la terapia de la época, una enfermedad del alma que se agudizó convirtiéndose en una manifiesta locura en los últimos días de su vida. Felipe el hermoso era un mujeriego empedernido que no se preocupaba por disimular sus infidelidades en la corte; Juana llegó a golpear a una de las amantes en turno y le mandó cortar “a rape el rubio cabello que tanto agradaba a Felipe”. Éste, agraviado, la insultó, eso sería lo de menos, luego prefirió encerrarla en sus habitaciones.
Felipe el hermoso aprovechó la mala fama que se había ganado Juana por sus continuos ataques de cólera y la presentaba como desquiciada toda vez que le convenía. El súbito deceso de su esposo en septiembre de 1506, la convirtió en una viuda joven y desconsolada que incapaz, en ese momento, de asumir sus deberes reales, dejó los asuntos de gobierno. Luego arrastraría su dolor junto con el carro fúnebre que transportaba el cadáver de su marido atravesando la meseta castellana, en un cortejo fúnebre que a la vista de la gente resultaba una clara evidencia de su desvarío.
Enseguida, vendría el encierro definitivo en el palacio de Tordesillas, acción ordenada por su padre. Su confinamiento termina hasta la muerte de Juana. Después fue su primogénito quien se encargó de mantenerla encerrada
Los hombres del Quinientos, por su mentalidad mágica y supersticiosa se preguntaban si Juana de Castilla se hallaba endemoniada. Y la misma reina se quejaba de que “las dueñas que le servían no eran sino brujas que continuamente la mortificaban”.
¿Qué le ocurría de verdad? Una profunda depresión mal curada por la terapia de la época, una enfermedad del alma que se agudizó convirtiéndose en una manifiesta locura en los últimos días de su vida. Felipe el hermoso era un mujeriego empedernido que no se preocupaba por disimular sus infidelidades en la corte; Juana llegó a golpear a una de las amantes en turno y le mandó cortar “a rape el rubio cabello que tanto agradaba a Felipe”. Éste, agraviado, la insultó, eso sería lo de menos, luego prefirió encerrarla en sus habitaciones.
Felipe el hermoso aprovechó la mala fama que se había ganado Juana por sus continuos ataques de cólera y la presentaba como desquiciada toda vez que le convenía. El súbito deceso de su esposo en septiembre de 1506, la convirtió en una viuda joven y desconsolada que incapaz, en ese momento, de asumir sus deberes reales, dejó los asuntos de gobierno. Luego arrastraría su dolor junto con el carro fúnebre que transportaba el cadáver de su marido atravesando la meseta castellana, en un cortejo fúnebre que a la vista de la gente resultaba una clara evidencia de su desvarío.
Enseguida, vendría el encierro definitivo en el palacio de Tordesillas, acción ordenada por su padre. Su confinamiento termina hasta la muerte de Juana. Después fue su primogénito quien se encargó de mantenerla encerrada
Juana la loca tuvo 6 hijos, su debilidad era psíquica mas no corporal, pues solamente al final de sus días padeció gravemente de una dolencia en sus piernas, situación que la mantendría postrada. Al mismo tiempo, se agudizaron sus demostraciones de falta de observancia religiosa, por lo que se pensó en que estaba endemoniada. Afortunadamente, Juana llegó a tener el consuelo del padre jesuita Francisco de Borja, quien supo dirigirse a ella y obtener una notoria mejoría mental.
En la historia de España, Juana no fue la única reina cautiva ni la única loca... fue sin duda una mujer apasionada que arriesgó todo en aras del amor y perdió. Lo demás no era tan importante como el amor de su alma, que se llevó el alma tras él... una mujer "delicadamente maltratada" por los hombres de su vida e injustamente considerada por la historia.
El amor fue lo único importante y a la vez fue su mayor tortura. Juana la apasionada, la enamorada, la entregada... tanto amor tenia por dar que no encontró a nadie digno de sí, por eso más allá de los apelativos tradicionales, sin duda podemos llamarla Juana la desventurada.

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